¿Qué es una banda sonora para ti?

6 02 2014

La frase “¡Qué buena es esa banda sonora!” se escucha a menudo, en muchos contextos, dirigida hacia muchas manifestaciones musicales y con muchos sentidos distintos.

Hay quien se está refiriendo a una canción de U2 que alguien encargado de la selección musical decidió que iría bien como fondo de una escena de la película. Hay quien se refiere a la música incidental compuesta por un compositor para dar golpes de efecto a determinados momentos de la película (por ejemplo, en una película de terror). Hay quien se refiere a un tema aislado compuesto para la película (los títulos de crédito de “Blade Runner”, por ejemplo). Hay quien se refiere al conjunto de temas compuestos para la película como obra musical (la casi opereta compuesta por Howard shore para la triología de “El señor de los anillos”).

Todo eso puede llamarse “banda sonora”. Indiscutible. Mayormente porque “banda sonora” es cualquier cosa que “suena” a la vez que fluyen unas imágenes.

Por eso conviene, antes de hablar de lo buena o mala que es una banda sonora, acordar (como quien sincroniza relojes) de qué estamos hablando y  bajo qué perspectiva  exactamente. Porque de lo contrario la conversación puede derivar en una discusión sin sentido ni final.

En cuanto a qué estamos hablando convendría acordar una jerga, unas denominaciones que no dejaran lugar a dudas. Y algo hay. Pero no demasiado riguroso, más bien ambiguo. Podemos decir que “Banda sonora original” hace referencia a la música compuesta PARA la película. Antes de la película esa música no existía. En inglés se distingue además el término “score” (diferenciándolo de “soundtrack”, más amplio) para hacer referencia a la música (fundamentalmente instrumental) compuesta para las escenas de  la película. Por otro lado, con suerte, en algún disco leemos “Música inspirada en…” para alertarnos de que estamos ante un recopilatorio de temas (en  la mayoría de casos, canciones sin mucho sentido) que se han compuesto una vez la película existía pero pueden ni aparecer en ella.

Por otro lado la perspectiva tiene que ver con la forma en que entendemos una banda sonora. La perspectiva clásica, la habitual, es entender la banda sonora como parte de un todo, que es la película. Es una forma de verlo. Pero a veces cuesta hacer entender que no es ni mucho menos la única. Por eso he querido diferenciar, siempre desde mi punto de vista, cuatro grandes perspectivas a la hora de entender una banda sonora (que tampoco tienen porque ser las únicas, pero sí las mayoritarias). Aquí van:

1. Perspectiva cinéfila.

Como decía, la clásica. La unidad artística es la película. La banda sonora es una parte de ella. Como la fotografía, los actores o el guión. Bajo esta perspectiva la banda sonora no tiene sentido sin la película, aunque la película sí puede tener un sentido sin la banda sonora. Escuchar la banda sonora sin saber a qué imágenes acompaña implica el desconocimiento absoluto del sentido musical de la misma ya que fue compuesta para acompañar a esas imágenes.

2. Perspectiva melómana.

En cambio, muchas bandas sonoras originales se conciben antes de que existan las escenas a las que acompañan. Pasa a menudo (y más aún en parejas director-compositor ya establecidas) que el compositor compone un tema en base a lo que le inspira el guión. Presenta este tema al director, y a partir de ahí, convienen la idoneidad del mismo. Por ejemplo, Patrick Doyle toca al piano frente a Kenneth Branagh el tema que piensa dedicar al amor shakespeareano entre los dos protagonistas de su película. Brannagh le comenta que bien, pero que debería reforzar la componente histórica del mismo. La escena del beso aún ni se ha grabado. Por tanto, la obra musical tiene un sentido por sí misma ya que “crece” a la vez que la obra cinematográfica, no a posteriori. Incluso algunos directores graban escenas escuchando los temas que el compositor ha escrito para la película como fuente de inspiración. La música no es un apéndice consecuencia de la película. La música crece con la película e incluso puede llegar a ser un “catalizador” de la misma. Bajo esta perspectiva, la banda sonora es una unidad artística, una obra musical, que acompaña a unas imágenes. Con pleno sentido fuera de la película. Y con un sentido coherente no necesariamente supeditado a lo que pasa en una escena en concreto. Quien escucha “Cuadros de una exposición” de Mussorgsky no llega nunca a ver los cuadros…

3. Perspectiva de la simbiosis

Si el cinéfilo cree que la música es una parte y el melómano piensa que la música es una obra autónoma que enriquece unas imágenes… la perspectiva de la simbosis simplemente entiende la película y la banda sonora como dos obras de arte de igual magnitud que se apoyan mutuamente la una en la otra. Ni la banda sonora acaba de tener un sentido completo sin la película. Ni la película tiene pleno sentido sin su banda sonora. El caso más gráfico de esta perspectiva sería el de directores como Woody Allen o Tarantino. Ambos eligen cuidadosamente obras musicales preexistentes (incluso de bandas sonoras de otras películas que nada tienen que ver en argumento) y crean una “simbosis” con su obra cinematográfica. Una simbosis que puede otorgar un nuevo entendimiento tanto a la música como a la película. “A” tiene sentido y autonomía artísticos. “B” tiene sentido y autonomía artísticos. Si junto “A” y “B” creo un nuevo “todo” con un nuevo sentido. Otros casos incluso combinan música original compuesta para la película con temas preexistentes, como pasó con Yann Tiersen y la banda sonora de “Amèlie” o con Philip Glass y “Las horas”. Los temas preexistentes adquieren un nuevo sentido, los nuevos dan coherencia al conjunto.

4. Perspectiva de la fuerza bruta

El cine es cine, la música es música. Y junto los dos. Porque sí.  Pero no me molesto mucho en darle un sentido al conjunto ni en darle coherencia a la obra musical. Es una perspectiva fundamentalmente comercial. Por ejemplo, quiero pegar un pelotazo musical, le digo a Alejandro Sanz que haga una canción para la película (probablemente antes de que haya visto ni una escena) y luego la acompaño con otros éxitos de Shakira, Beyoncé y Robby Williams. De ahí sale un recopilatorio de canciones, un engendro sin dirección ni sentido, que se puede escuchar como el que escucha el disco “lo mejor del 2012”. Lo que es peor, durante mucho tiempo era habitual que se editara ese recopilatorio dando la espalda a la obra musical compuesta por el compositor asignado a la película, como mucho asignándole una pista o dos del CD en los casos más benevolentes. Más tarde se empezaron a editar bandas sonoras por duplicado: las canciones y la música instrumental en dos CD distintos (el segundo se acababa descatalogando a los pocos meses). Claro está que no todo son engendros y de vez en cuando se alinean los planetas y alguien encargado de la selección musical lo hace con gusto. Pero en este caso ya no estaríamos hablando de fuerza bruta sino de simbiosis. Véase “Drive” por ejemplo.

Por tanto, no es obvio que una banda sonora sea únicamente parte de un todo. Creo que conviene hacer estas cuatro distinciones, cuatro perspectivas totalmente válidas (la cuarta un poco menos…), antes de enzarzarse a hablar lo que es una buena banda sonora. Porque el melómano podría acabar a hostias con el de la fuerza bruta, y ambos pegar al cinéfilo. Estaríamos perdiendo el tiempo, cuando podríamos estar escuchando alguna banda sonora interesante, por ejemplo, “The monuments men” de Desplat.

bso

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El compromiso en tu cuarto de baño

23 12 2013

Ayer estaba tomando una cerveza con un buen amigo cuando salió un tema del que pienso que, dada su magnitud y trascendencia, se ha escrito terriblemente poco. Eso me ha inspirado a quitarle el polvo a este blog, renovar la contraseña que (obviamente) había olvidado y volver a acostumbrarme al ruidito de las teclas del portátil, yo tan hecho al teclado táctil del iPhone. No, amigos, no hay ninguna tecla aquí que haga que de repente todas las letras se cambien por dibujillos de caras, vacas, globos, tartas de cumpleaños, gatos riendo o gitanas con vestido de faralaes. Una putada.

Total, que esta conversación cervecera me ha inspirado para realizar una útil y necesaria labor social escribiendo en este blog. Todos necesitamos alguna vez una musa. La mía tiene barba y le gusta contarme cómo ha sido su última experiencia en el retrete.

Hay quien piensa que “compromiso” es un concepto abstracto que carece de representación material en el mundo terrenal. Pero es totalmente falso. Todos sabemos que si la RAE tuviera que poner una foto en la definición de “compromiso” lo tendría bien fácil. Pondría sin duda un cepillo de dientes. El cepillo de dientes marca el verdadero antes y después de la vida en pareja. No hay anillos, bodas, hipotecas o niños que igualen la rígida e innegociable contundencia del cepillo de dientes. El cepillo de dientes ha asustado a más hombres en la Historia de la Humanidad que guerras, cataclismos, desastres naturales o toros desbocados. Ninguna pastilla de jabón, colonia, Silk Epil, pintalabios o perfil de ojos iguala el mensaje despiadado que transmiten las cerdas, las muy cerdas, de un cepillo de dientes. Ni siquiera su hermano blandengue, el hilo dental, pobre imitador amanerado, es capaz de expresarse con tanta ferocidad.

“He venido aquí para quedarme”, “Juntos hasta la muerte”, “Juntos incluso después de la muerte, haya lo que haya”, “Seré tu sombra incluso en días nublados”, “Voy a por ti, pequeño ser indefenso y efímeramente independiente”, “Escribe ya el epílogo de tu breve incursión en el mundo de las personas con capacidad para decidir”. Mil mensajes se esconden tras una decisión estratégicamente unilateral. Porque claro, ninguna pareja queda una tarde para hablar frente a un café acerca de “si ha llegado el momento de juntar nuestros cepillos de dientes”, aunque deberían. El hecho en sí ya está metódicamente diseñado para que suene absurdo. Para que nadie hable de ello y… simplemente pase. Que llegue un día en que el compromiso se cuele en tu casa sin que te des cuenta, en el Caballo de Troya de un cepillo de dientes. Y el oído masculino, incapaz de despertarse ante el llanto de un niño, una excavadora en un día de resaca o la alarma del horno, detecta, a través de varios muros, habitaciones y vigas maestras, el tintineo del cepillo de dientes ajeno colándose por el agujero anexo al del cepillo propio. Eso alerta a los sistemas linfático, simpático y parasimpático y hace que en un acto reflejo el hombre corra como un galgo hacia el cuarto de baño y se dé cuenta de la situación demasiado tarde. El compromiso te saluda. “Hola, soy el compromiso y ya he hecho pis en tu wáter”.

Varios fabricantes de cepillos de dientes, conscientes de la hostilidad de su producto, se han decantado por clasificar los cepillos en función de su grado de compromiso en “blando”, “medio” y “duro”. Así ningún hombre se lleva a engaño. Si se te cuela un cepillo de compromiso blando en tu casa puedes estar tranquilo, quizá incluso se te permite que quedes algún día con alguna amiga a solas o te vayas de copas con los colegas sin avisar. Eso sí, ten cuidado porque podría ser la antesala de un compromiso “medio”. Este ya implica vivir pensando que has dejado de ser “uno” para pasar a ser “dos”. Ensaya la conjugación de los principales verbos en plural. Especialmente “pensar”, “decidir” y “opinar”. Otros verbos pueden mantener sin problema el singular, como “limpiar”, “pagar”, “arreglar” o “pintar”. Pero, amigo mío, cuando el cepillo duro entra a tu casa se te está colando el Chuck Norris del compromiso. Es un cepillo con chip geolocalizador que viene con batería extra para el teléfono móvil de regalo. El cepillo duro no entiende de ocupaciones, lugares con poca cobertura, accidentes de tráfico o fugas radioactivas. El cepillo duro quiere saber quién eres, dónde estás, con quien estás y cuando volverás a cepillarte los dientes con él. Y punto. No, no, no, no, shhhh. Y punto he dicho. A llorar a la calle.

En cualquier caso, sea de la dureza que sea, el cepillo de dientes del compromiso siempre tiene una característica fundamental. Quiere que todo el mundo sepa que él está ahí y lo que significa. Por eso los cepillos del compromiso no son nunca verdes, azules o amarillos. Son siempre ROSAS y transmiten un claro mensaje: “Amiga de mi chico, soy el cepillo de una MUJER, y estoy aquí, en su casa. ¿Acaso está el tuyo? Ah. No, no está, ¿verdad? Pero yo sí. Eso significa que yo soy la diosa aquí. Y tú eres escoria. Cuando acabes de mear vete, y no vuelvas a reposar tu culo en este lugar. Zorra.” Por eso el cepillo rosa crea un perímetro de seguridad de 100 metros a la redonda en el que ninguna chica que no sea ELLA puede vivir a gusto sin estar constantemente bajo la inmisericorde amenaza del compromiso ajeno. Es como poner un Kill Paff aniquilador de hembras enchufado al lavabo. Caen como moscas.

Por todas estas razones ningún hombre debe menospreciar el poder de un cepillo de dientes. Jamás.  No caigáis en el error que han caído millones de hombres desde la Edad Media cuando a un chino le dio por inventarlo (como inventaron la pólvora y otras cosas que nos hacen daño). Cuando en tu tercera cita esa chica te diga “¿Y tú qué opinas del matrimonio?” respóndele de forma directa y sin dudar: “No me despistes. Hablemos antes de tu cepillo de dientes”.

cepillo





¡Bendita crisis!

22 07 2011

Se acerca el mes de agosto y, dado que el presidente en funciones ya le está sacando brillo al botón de “Pause” del país, tú cada vez tienes menos cosas relevantes que hacer excepto, si lo consideramos relevante, espiar a Mari Puri, esa vecina que con toda seguridad es el eslabón perdido entre el homo sapiens sapiens y la foca común, intentando embutir sus 37 kg de pezón en el bikini del año pasado, ese que se compró un poquito más pequeño porque pensaba adelgazar… Por tanto, y pensando en tu hambruna neuronal, decido escribir unas palabras de reflexión para que tengas algo más en lo que pensar cuando te vayas a la cama, además de ese interesante debate interno acerca del ahorro que supondría pasar de la triple capa a la doble en el papel higiénico.

Muy seguramente tú naciste en España. Puede ser que no y nacieras en otro país, o puede ser que sí y vayas enmoquetando las calles de felpudos de la república independiente de tu casa made in Ikea. Pero lo más probable es que sí. También es probable que crecieras en un caldo de cultivo propicio para la formación de grandes eminencias que mediante la especialización han llegado a inventos tan destacables como el Chupa-chups o la fregona, inventos que su vez han motivado que aparezca un ejército de jóvenes emprendedores con ansia de acumular riqueza que cada mañana se levantan con la misma pregunta: “¿y si a esto le pongo un palo? ¿se vendería?”. Ese caldo de cultivo ha propiciado que muchos se hayan hecho un hueco en la maraña económica del país desempeñando con soltura cargos durante años y años, a todos nos viene a la cabeza Jordi Hurtado, el presentador funcionario que asoma la cabeza por la tele antes de que el león le hinque el diente a la gacela, o Ramón García, ese hombre que cuando muera hará que el tiempo se congele y la Humanidad permanezca eternamente en el mismo año. Efectivamente, mirándolo con perspectiva es una puta mierda. Por tanto ya sabías y asumías que, donde no hay mata no hay patata, y “esto es lo que hay”.

Pero un buen día el “Edifica-cefa” de 500.000 kilómetros cuadrados que teníamos montado petó por todos los lados y la oposición del Gobierno dio por inaugurada la crisis actual. La palabra “crisis” siempre evoca chunguez extrema y la gente da por supuesto que todo ha de ser malo. En absoluto. Por eso me propongo dejarte claro, aparte de que no es recomendable bajar de la doble capa en el papel higiénico, las múltiples cosas buenas que ha proporcionado la crisis a este país botijoforme llamado España.

1. POSITIVIDAD LABORAL

Parecía imposible que en este país alguien se alegrara de ir a trabajar. La crisis lo ha conseguido. La depresión post-vacacional ha sido erradicada totalmente, de un plumazo. Y da igual que digas “me dedico a la prostitución y me he especializado en la ingestión de diarrea de cabra montesa a cambio de que me mutilen un dedo cada fin de mes”, siempre habrá alguien que te diga “oye, mira, lo importante es que tienes trabajo”. Y es que te tienes que alegrar. Todavía hay quien, tímidamente, algún domingo por la tarde se atreve a decir a algún amigo muy íntimo en algún bar clandestino: “me incomoda ligeramente que mañana sea lunes”. Pero son pocos y esta escoria de gente se suele quedar sin amigos y morir hacinados debajo de algún puente, probablemente el de la Purísima.

2. INDIGNACIÓN

Un viejales escribe un libro de 30 páginas y todo el colectivo que obedece a la descripción “leo libros de 30 páginas” (el 73% del país) sale a la calle indignadísimo. “¡Pues tiene razón el hombre!” se dicen los unos a los otros. Entonces uno se acuerda del auge de la especulación inmobiliaria y de esa coletilla que se escuchaba en todos lados: “algún día esto petará”. Pero por lo visto todos los que dijeron eso han esperado unos añitos más para indignarse, lo justo para hacer revoltillo con los huevos de oro y reunir dos páginas de periódico para poder taparse un poco. Y ahí se reunieron todos a liarla parda, porrifláuticos, perrofláuticos y alguno que otro pijo que no sabía qué hacer con la tienda de campaña que compró en el Decathlon después de que “popó” y  “momó” se compraran la casa de la montaña y la casa del valle. Alguno tuvo que pedir excedencia en la casa ocupa y hacer víveres de Filvit champú para el perro. España indignándose. Retenedlo en vuestras mentes que esto es único y el primero que pueda volver a lavarse el culo con Moet & Chandon se hará chubasqueros con la tienda de campaña.

3. GESTIÓN ECONÓMICA

Auténtico pavor transmitía la cara del pobre Sr. Gutiérrez cuando se enteró de que su horda de putas de lujo con lunar en la pantorrilla derecha no estaban contempladas  por ningún lado en el archivo “Presupuesto 2010.xls”. Ni los chuletones de Ávila del Restaurante Don Perico. Ni los fines de semana familiares con todos los gastos pagados en el Hotel Los Cisnes. A tomar por culo todo. Pues ahora sí que no va a subir el sueldo a todos esos tipejos que por trabajar 9 fines de semana seguidos se creen que tienen derecho a cobrar más. Es más, a ver si los de la gaviota abaratan un poco el despido y con el sueldo de Rodríguez se puede financiar alguna putilla aunque no tenga lunar. Tullida también le vale. La crisis, por tanto, ha hecho que el Sr. Gutiérrez aprenda a gestionar su dinerito y empiece una nueva vida de ahorros y vaginas en lata. Milagro.

4. FORMACIÓN

Después de las primeras cuatro horas de Xbox algún iluminado se dijo: “¿y si me formo?”. Y fue y se formó. ¿En qué? ¡Qué más da! Lo importante es que cuando alguien le pare por la calle y le pregunte por su búsqueda de trabajo pueda decir “¡¡¡EHHH!!! ¡¡ME ESTOY FORMANDO!!”. Porque a la gente le encanta preguntar y hacer un seguimiento exhaustivo de los CV que has mandado y, si hay tiempo y no te cierra la frutería, darte algún consejillo práctico que “a él siempre le funciona”. Es el típico menda que cuando queda con gente que trabaja habla de sueldo (concretamente del suyo poniendo algún cerillo más) y cuando queda con gente en el paro da sesiones de terapia gratuitas. Altruismo en estado puro. Lo importante, y en cualquier caso, es que a la gente le da por estudiar y hacer útiles cursos acerca del impacto del macramé en la microeconomía o la repercusión de la muerte de Copito de Nieve en los mercados internacionales. Y a partir de ahí… ¡se te rifan! Otra opción es inventarte los cursos y hacerte tus propios diplomas de “LaHostia Academy”, pero vamos, que eso nadie lo hace. Alguno he conocido yo, pero muy aislado.

5. AUSTERIDAD

Es que… “Madre mía, ¡qué suerte tenemos de vivir en un país así! Con playas, montañas, pueblos bonitos… ¡¡No entiendo a quién se va tan lejos para ver cosas bonitas!!” Le dice la señora María a la señora Dolores en la pescadería. “Y con los coches de ahora y las carreteras que hacen es que recorres 1.453 km y ni te enteras… ¿Coger un avión? ¡De locos!” [Y vamos, a las malas todos sabemos que España se compone de 49 provincias y una adicional diseñada para poder hacer fotos y poder decir que has ido a un lugar mucho más lejos. Se llama Almería]

“Te diré una cosa más… ¿sabes el restaurante ese al que íbamos todos los sábados? ¡Se ha maleao! Te lo digo yo… las dos últimas veces que fuimos nos dieron la carne muy pasada. Y, qué quieres que te diga, para comer carne pasada me la compro yo en el Área de Guissona y me la hago a mi gusto, ¿no? Aunque, mira, la del Mercadona tampoco está nada mal… ¡y qué productos! Que mi Carlitos siempre pedía yogurts Danone y ahora con los Hacendado ni se queja. Cosa fina. ¡Y qué cremas! Que ya hace seis meses que no piso ‘La Balear’”

“En fin, chica, que te dejo, que Carlitos se ha bajado por la Intenné la de “Transformers”, esa que están dando ahora en el cine, que vamos, que se ve estupendísima. Y para irte tan lejos nos la vemos tranquilamente en casa. Donde se ponga la comodidad de casa de uno…”

 

Pues sí, pensativo lector. Lo que antes del 2007 era un país de mangantes, resignados, vagos quejicas, cazurros convencidos y despilfarradores vanidosos, gracias a la Madre Crisis, se ha convertido en un país de gente que se alegra de ir a trabajar, gente que gestiona su economía, que ha aprendido a ver la grandeza de las pequeñas cosas, que se plantea el sistema político, se resigna –y su perro también- y se preocupa de su formación y su futuro. ¡La crisis por fin ha hecho que África empiece más abajo de los Pirineos! Y esta noche cuando el Sr. Gutiérrez apague la luz de la mesita de noche se recostará pensativo sobre su almohada viscoelástica y, bajo un cielo de lejanos lunares en pantorrillas derechas, acabará deslizando lentamente su mano por debajo de las sábanas hasta dar con la pantorrilla de su señora esposa. De esta forma, con un solo gesto, un país entero se aprieta y afloja el cinturón a la vez rindiéndose a la exótica belleza de contemplar las irregularidades de la celulitis que puebla el desierto de Tabernas, una foto irrepetible para el mueblecito del recibidor que por siempre irá precedida de un orgulloso “este año nos fuimos a Almería”. ¡Bendita crisis!