Reír juntos, currar solos (parte III)

5 06 2010

Aún estaba absorto en averiguar por qué en la lista de desaparecidos ya no figuraba nadie cuando le oí.

– ¡¡¡¡Navarreteeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee!!!!

Me giré y pude verle. No podía ser. Era él. Asarocha. En ese momento yo estaba demasiado confundido, ni me salían las palabras.

– Pero… Asarocha… tú… tú te habías ido.
– David, maricona… ¡que todos nos hemos ido!
– ¿Qué? ¿Qué me estás diciendo?
– ¡Lo que oyes, que te voy a meter un cañamón por el culo! Todos nos hemos largao, cada uno en su momento, unos antes, otros después, pero todos estamos en la puta calle. Entra al CPI, tío, que aquí hace una solana que se me está quedando el cogote como el ojete de un mandril.

Ahora lo entendía. Todo aquello era una realidad ficticia, estábamos todos fuera del equipo. Bueno, menos Toni que cuidaba del prefabricado. David, mi tocayo, el extraño hombre del teléfono nos había reunido a todos para que nos reencontráramos y poder empezar nuestro viaje hacia la eternidad juntos. Al entrar en el CPI allí estaban todos: Luis, Raúl, Antonio, Nico, Jordi, Luisa, Pedro, Javi, Óscar, Rafa, Juan (¡qué ilusión ver a Juan después de que hubiera explotado por los aires intentando enseñarnos a todos cómo manejar la dinamita!)… todos, estaban todos. La puerta que daba a la sala de las maquetas se abrió y una luz muy intensa nos deslumbró a todos.

Asarocha fue el primero en cruzar el umbral de la puerta corriendo.

– ¡¡¡Esa es mi motaca que la acabo de limpiar, mira como reluce!!!

David, el extraño hombre capaz de resistir el magnetismo de cinco trillones de bobinas y de hacer sonar seis mil teléfonos a la vez con un solo golpe de dedo, se pronunció:

– Es el momento, compañeros. Debéis avanzar todos hacia la luz. Bueno, todos no, quedaros aquí tres o cuatro y me ayudáis un poquillo con lo del SCE y el SMP, que no lo acabo de pillar…
¡David, cojones! ¡Dijimos que no! – Toni no pudo contenerse.
– Vale, vale, lo siento. En ese caso… avanzad TODOS hacia la luz.
– Luisaaaaaaaaaaaaaaa, ¿¿hay sitio libre en tu cocheeeeeeee??
– ¡¡Micheeelee, a la luz se va andando!!

En ese instante fuera del CPI se oyó la voz de uno de los obreros: “¡me se ha caío un billete de 20 €!”. Alguna figura humana de las presentes en el interior dijo en voz baja “¡uh! no saca buena pinta la luz cegadora esta, me voy a por el billete” y salió del edificio.

El resto, agotamos los últimos minutos entre abrazos, despedidas y recuerdos. Estábamos a punto de empezar una nueva etapa pero, desde luego, con la tranquilidad y el orgullo de haber vivido lo mejor juntos. A partir de aquí nos esperaba la vida irrealmente real (o realmente irreal) de reír juntos y currar solos. Eso sí, de lo acontecido en ese enigmático prefabricado… seguíamos sin entender nada. Pero ni falta que hacía.

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Reír juntos, currar solos (Parte II)

4 06 2010

– ¡Manolo coño! ¡Cuidao con la grúa cohone que casi te carga la ventana!

Bueno, el prefabricado podía moverse,  sí, pero con cierta ayuda.

Entre la marabunta de obreros dos hombres encorbatados avanzaron hasta mí. Se presentaron los dos como Toni. Vaya, curioso. Dos “tonis” metidos en todo el ajo. Me dijeron que eran gemelos pero que la vida les había llevado por caminos diferentes. Uno era jefe de proyecto, el otro estaba bastante ocioso y se había largado a una isla de la que le era imposible salir. Me pregunté cómo cojones había llegado al prefabricado el segundo Toni si no podía salir de su isla. Luego ya me explicó que había quedado con una chati de Barcelona y que, en ese caso, la isla le dejó irse para que dejara de pedir números de teléfono a las nativas. Antes de que acabara de explicarme eso me soltó “tío, tengo que irme que he quedao con esta y voy muy quemao”. Y se esfumó de allí dejando una estela de humo negro.

El otro Toni, el jefe de proyecto, me miró profundamente. Me habló con convicción.

–  No hagas caso a este, con decirte que quiere hacerse de la Iniciativa Phalma… David, tú eres el candidato capaz de asumir esta situación. Te neítamos. ¿Quieres ser de Isdefe?
– ¿De Isdefe?
Sí, sí, que si quieres cobrar más y que te paguen operaciones para la vista y cosas así.
– Ah, bueno. A lo mejor te sonará tonta la pregunta pero… ¿tengo que beber algún mejunje mágico?
Sí, sí, claro, ta mu rico, pero antes tengo que llamar a , y supongo que él luego llamará a , aunque puede que yo tenga que hablar directamente con o bien reunirme con  y , para lo que tendría que…
– ¡¡¡¡¡Basta!!!!!
– Vale, va, que les den a todos ha-ha-ha-ha-ha, toma y bebe.
– Pero… esto… esto es  un Cola-cao.
– Tú bebe joder, que ha sobrao mucho del armario de la comida y algo hay que hacer con él antes de que vengan “los otros”.

Bebí del Cola-cao que me ofreció.

Ahora, ya eres como yo – me dijo.

La verdad es que yo no había notado mucho cambio. Llamé al banco a ver si me habían ingresado algo y nada. Tampoco notaba que viera mejor, tenía las mismas dioptrías.

– Toni, estoy igual.
– Tran-qui-lo. El aeropuerto nos quiere.
– Ya, ya, si estoy tranquilo, pero esto del Cola-cao no me ha hecho nada.
– A ver, joder, espera que llamo a RRHH.

Estuvo un rato hablando por teléfono. Yo me entretuve viendo cómo iba desapareciendo el prefabricado. Era majo de ver. Toni colgó y me miró apesadumbrado.

– Verás, es que me han dicho que imposible ahora ¿eh?  Isdefe tiene una política de contrataciones que…

Una carpeta cayó de uno de los módulos del prefabricado que estaban desplazando con la grúa  interrumpiéndole. En la carpeta se podía leer “Personas desaparecidas”. Yo conocía esa lista, la había visto antes. En ella había nombres como por ejemplo… Asarocha o Michele. Abrí la carpeta pero… estaba vacía. No entendía nada. ¿¿¿Qué estaba pasando ahí???

(continuará…)





Reír juntos, currar solos (Parte I)

3 06 2010

No eran ni las 10 de la mañana cuando abrí lentamente el ojo derecho. Todo un record considerando que mi agenda del día tenía menos contenido que la parrilla de Tele5. Sin demasiada precisión intenté acertar a agarrar el móvil. No sé si os lo he comentado alguna vez pero estoy enfermo, soy móvil-adicto, y lo primero que busco al despertarme no son mis gafas sino el móvil que es el instrumento que me impregna de luz y conocimiento cada segundo del día. Cinco llamadas perdidas. Eso, ya de por sí, implicaba que mi día iba a ser más emocionante que de costumbre. Dos números de móvil que no conocía y un número de centralita (48151623424815162342), de esos largos que sólo traen buenas noticias cuando te llaman para ofrecerte curro, el resto son o marrones o engaños. Horas más tarde volvió a llamar uno de los números misteriosos. En esta ocasión lo cogí. Después de mi “¿sí?” una voz decidida empezó a hablar.

–  Hola David, ¿qué tal todo? Soy David. Te llamo para comentarte un puesto que a lo mejor te puede interesar. Es un poco fuerte la cosa… pero te la comento.

¿David? ¿Qué David? ¿Ese tío se llamaba como yo o estaba hablando conmigo mismo? La cosa es que esa voz… era familiar. El hombre siguió hablando.

– Se trataría de hacer las maletas e irse unos tres años a un proyecto de aeropuertos en Omán.

Esa voz… esa voz… aeropuertos. Entonces vinieron a mi mente una sucesión de flashes. Un prefabricado. Una antigua torre de control convertida en oficinas. Una sala para tomar cafés con una cuenta atrás. Una terminal con forma de falo. Dios mío. A ese hombre yo lo conocía. De algo que había vivido pero no sabía muy bien decir cuándo.

Un impulso me llevó a coger mi coche e ir a buscar esos lugares misteriosos. Despedí a mi tocayo del teléfono dándole a entender que no estaba en mis planes irme a vivir tres años a un sitio en el que tomarse una cerveza es ilegal.

Al salir de casa me estaba esperando en el portal una extraña chica que miraba al infinito. Se dirigió a mí y me habló muy despacio.

– Llegar a ese lugar no es tan fácil, David. Hará falta un esfuerzo por tu parte.
– ¿Te conozco de algo?
Mi nombre es Roser.

Alargó su mano y tocó mi hombro. En ese momento una luz cegadora dio paso a otra sucesión de flashes más inquietantes aún. Una nariz. Un calefactor. Un sitio donde hacían unos calçots de pena. Folios con mensajes amenazantes pegados a las paredes. Y de nuevo ese prefabricado.  No dudé al respecto.

– Quiero llegar a ese prefabricado sea como sea.
Entonces tendrás que recrear la forma en que llegaste allí la primera vez. Tienes que ir a esta oficina de Indra en El Prat de Llobregat y preguntar por Xavi. Allí está el péndulo capaz de decirte en cada instante dónde está ese prefabricado. Si haces una entrevista con Xavi y te admite, un coche te llevará a él.

Sin pensármelo fui corriendo a la dirección que me había dado esa especie de bruja. Entré a la oficina y me dejé llevar. Actué sin pensar. Xavi fue el primero en dirigirse a mí, me estaba esperando.

– Hola, soy Xavi, ¿quieres venir conmigo?
– Oh, sí, lo estoy deseando.
Vale. ¿Te interesa cobrar poco y aprenderlo todo por tu cuenta?
– ¡Claro! A eso he venido.
– Genial, pues tu primera misión es ir a ver si queda alguna maqueta en el CPI.
– ¿Maqueta? ¿CPI?
– Víctor te acompañará. Cuando vuelvas ven que te comentaré una cosilla que nos ha salido en un sitio muy exótico, seguro que te gusta, ese chico de allí te ampliará la información… Waaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaalt!!!!

Víctor era algo parecido a un científico maño que había estudiado durante años los viajes temporales y espaciales, en concreto, los que afectaban al trayecto Madrid-Zaragoza-Barcelona. Ahora la ambición le había llevado a querer teletransportarse a Angola.

El maño me llevó por un camino que decía ser un atajo rodeado de casas de gente humilde y descampados desérticos. Pasamos justo al lado de un campamento rústico con un montón de casetas primitivas. En ese momento recordé algo más.

– ¡Oh! Este debe ser el campamento de ‘los otros’…
– No David, es el mercadillo de los gitanos, hoy es jueves.

Pronto nos encontrábamos en un enorme parque de servicios con naves rectangulares, cada una marcada con una letra. Víctor me hizo bajar del coche y me dijo por la ventanilla:

– Tu letra es la A.

Después de eso se largó.

Al llegar a la nave A al fin lo vi. El prefabricado. Unos cuantos módulos de caseta de obra se alzaban anexos a la nave A.

Pero… estaban empezando a desaparecer. Dios mío. ¡El prefabricado tenía el don de moverse!

(Continuará…)





Pocopito, el negrito que la tenía pequeña

30 04 2010

En estos instantes de una tarde cualquiera de viernes me dispongo a dirigirme a vosotros, niños y niñas del mundo, inocentes almas que habitáis el planeta. No, no, por favor, no os asustéis, no soy ningún cura, lo prometo. Si me he sentado frente a este ordenador es para haceros llegar una historia fascinante, un relato enriquecedor que crecerá en vuestro interior y contribuirá a hacer que avancéis un paso más en ese complicado camino de la madurez y la integridad. Prestad atención porque esta es la historia del primer niño de color (1) penicorto, chorrienano, polliescaso, microcipotil… en resumen, escaso de miembro viril.

(1) De color negro. Tizón.

Corría la primavera de algún año que no recuerdo cuando en el poblado de los Trancagansa, al sureste de Gambia, nació un niño singular donde los hubiese. Sus hermanos, sus padres, sus tíos, sus primos, sus abuelos, incluso alguna abuela, todos… todos en su familia habían nacido con más de 20 centímetros de pene. Pero él no. Entre sus piernas colgaba una minúscula cosita de menos de 5 centímetros que dejó fláccidos a los demás miembros del clan. La comadrona, acostumbrada tras los nacimientos a dejar a los niños de pie sobre sus trípodes, tuvo en esta ocasión que dejarlo tumbado boca a arriba sin temor a taladrar el techo de la cabaña. El padre, Porpocopoto, y su madre, Pocoputa, que lo engendraron por accidente tras una desenfrenada noche de fiesta tribal no podían aceptar lo que veían sus ojos. “Lo llamaremos Pocopito” dijeron (hablaban en algún dialecto africano chungo, claro, pero lo pongo en castellano porque asumo que el nivel intelectual de los lectores de este blog es medio-bajo). Y así se fueron a su cabaña Porpocopoto, Pocoputa y Pocopito llevándose consigo un gran problema concentrado en pocos centímetros de carne.

Esa noche hubo movidón en la cabañita de nuestros amigos. Claro, Porpocopoto no se creía que Pocoputa hubiera parido ese hijo con la semillita que él puso.  Porque el gran chamán tendría sus cosillas pero los nombres no los ponía porque sí, si no en lugar de llamarla Pocoputa la hubiera llamado Amisavoy como le puso a la pobre niña aquella que nació marcada con una cruz de Caravaca en el moflete izquierdo del culo. Todo el poblado sabía que por las noches Pocoputa se iba con una silla de camping al camino de tierra que había después de la primera rotonda a la salida de la urbanización a parar a los carromatos. Pero incluso sabiendo eso Porpocopoto estaba atormentado: él sabía que en su puñetera vida había visto a un varón con un pene tan pequeño a varios kilómetros a la redonda, ni cuando Mariano Rajoy los visitó en aquel viaje benéfico. ¿De dónde podría haber salido aquel  extraño gen?

Paralelamente el consejo principal de sabios del poblado (básicamente dos ancianos que se aburrían después de que acabaran las obras del casino)  discutían airadamente cómo podrían solucionar tal estropicio de la naturaleza:

– Po lla ves, problema gordo.
– Po lla tendríamos solución tener.
– Po lla llevo pensando yo rato largo, Tosemeocurre.
– Po lla que aquí estamos hay que remedio encontrar.
– Po lla sé qué podríamos hacer.
– Po lla estás diciendo.
– Po lla ma a to el pueblo.
– Po lla voy.

En realidad sabían hablar perfectamente castellano (eran sabios) pero les divertía hablar comiéndose palabras para quedarse con los guiris.

Una vez todo el pueblo reunido en la plaza de los restaurantes de alta cocina africana, también llamada plaza del Torrico, Tosemeocurre les comunicó la decisión:

– Pueeeeeeeeeeeeeebloooooo, estimaaaaaaaaaamoooooooooos opooooooooortuuuuuuuunooo queeeee cadaaaaaa unoooooo deeee vosotrooooooooos os desprendaaaaaaaaais de un centíiiiiiiiiiiiimetroooo de peeeeeeneeeee paraaaa daaaaarseeeeloooo a Pocopitooooooooooooo.

El segundo sabio frunció el ceño.

– Tosemeocurre, perdona, tienes el micro cerrado.
– Ah, perdón… ya está.
– Pueeeeeeeeeeeeeebloooooo, estimaaaaaaaaaamoooooooooos opooooooooortuuuuuuuunooo queeeee cadaaaaaa unoooooo deeee vosotrooooooooos os desprendaaaaaaaaais de un centíiiiiiiiiiiiimetroooo de peeeeeeneeeee paraaaa daaaaarseeeeloooo a Pocopitooooooooooooo.

Y así lo hicieron, cada habitante del poblado de Trancagansa se cortó un centímetro de pene y la costurera del lugar, Coso Maquenadie, fue uniendo centímetro a centímetro la extensión viril de Pocopito. En menos de dos días Pocopito tenía una tranca monumental, envidia de todos sus vecinos.

Pero pasaron algo por alto. El primer centímetro de pene, aquel más cercano a los huevos Kinder y encargado de regir la erección de la mole, pertenecía a Toloka, el gay del poblado. Hasta los 14 años Pocopito no se daría cuenta de que, hiciera lo que hiciera, sólo conseguiría levantarla escuchando la versión de You don’t bring me flowers de Barbara Streisand.

– Papá, mamá. Me voy a dormir, he tenido un día muy cansado en la escuela.
– Vale Pocopito, buenas noches cariño.
– Buenas noches.

16 minutos más tarde…

You don’t bring me flowers
You don’t sing me love songs
You hardly talk to me anymore
When you come through that door at the end of the day…
I remember when you couldn’t wait to love me
Used to hate to leave me
Now after loving me late at night
When it’s good for you, babe
And you’re feeling all right
When you just roll over and turn out the light…
And you don’t bring me flowers anymore
It used to be so natural
It used to be…

Nota de la redacción: este cuento no pretende faltar el respeto a los colectivos de personas de color (2), gays, fans de Barbara Streisand, cristianos o penicortos. En cambio, sí pretende meterse mucho con los curas y con Mariano Rajoy. Son lo peor.

(2) De color negro.







Matías y los dos semáforos

12 02 2010

Aquella mañana las carnes sesentaytresañeras de Matías se aposentaron en el mismo banco de siempre, ese banco que día tras día le regalaba el momento más gratificante de la jornada: el relax del prejubilado, el placer de sentarse a ver como no pasa nada o como pasa lo que siempre pasa. La brisa primaveral mecía al viento los cuarenta y dos coma cuatro pelos (redondear por lo bajo lo consideraba un robo y por lo alto, un autoengaño fruto de un complejo mal asumido) de su cabeza. Un día soleado. “De puta madre” se dijo. En realidad eso era de lo poquito que le exigía a su rato de calma: buen tiempo y, hablando a nivel general, que nadie le tocara los cojones.

El banco escogido siempre era el mismo, el segundo de la calle considerando el primero el que cae enfrente de la tienda de gominolas. Otros entrañables abuelitos preferían el banco de las gominolas por cuestión de aficiones personales pero a él le gustaba mucho más el segundo. El segundo banco, el banco de Matías, no daba a un parque ni a una calle peatonal, ni siquiera a unas obras, el segundo banco estaba justo enfrente de una carretera de un carril. Pero no en cualquier punto de la carretera sino allí justamente donde había nada más y nada menos que dos semáforos: uno para coches y otro para peatones. Le encantaban los semáforos. Especialmente ese nuevo que habían puesto con una bicicleta en la parte de abajo y un peatón erguido en la parte de arriba justo encima de la bicicleta. Con sus ocho dioptrías y media lo que él veía era un miembro masculino cambiando de rojo a verde y de verde a rojo. Disfrutaba un montón.

Pero aquella mañana le dieron bien por el culo a Matías. Ni el semáforo de los cochecitos ni el semáforo del cimbrel funcionaban. Los dos estaban ahí tiesos más negros que el tizón, vacilándole en su cara, mofándose de él. De no ser por las ocho dioptrías y media podría haberse entretenido leyendo el teléfono del cerrajero que figuraba en una pegatina enganchada, por cierto boca a abajo, en el poste del semáforo pero lo único que él veía era dos palos negros jodiéndole la soleada y primaveral mañana. No tardó en poner esa cara tan característica que él ponía, ensayada durante sesenta y tres años, que sin decir nada venía a llamar “hijo de puta” a cualquier ser vivo (humano, planta o animal) que abarcara su difuminado campo visual. Hijo de puta el geranio. Hijo de puta el perrito. Hijas de puta las niñitas con la comba de los huevos (zasss, zassss,zassss… ¡porculeras!). Hija de puta la Humanidad. Y sí, hijo de puta el guardia urbano que en ese mismo instante estaba montando, con orgullo supremo, el pollo del siglo en su (¡¡¡SU!!!) entretenida y dinámica carretera. Matías miraba a ese subnormal que estaba orquestando la jodienda mañanera y cuanto más le miraba, más asco le daba. La fila india de coches ya llegaba a la rotonda y, para enmierdar más la mañanita de Matías, algunos ya empezaban a apretar el claxon. Cuando los pitidos de los coches se sincronizaron con el silbato del tonto del guardia y la comba tocahuevos Matías ya apretaba los dientes con una fuerza nunca vista. Pero por sus santos cojones no se iba a levantar del banco. Era su momento. Piiiii, piiiiiiii,zaaaaas, zaaaaas, pi-pi-pi-pi-piiiiiiiiiiiii, zasssssssss, piiiiiiiiiiii, zasssssssss, zasssssssss, zasssssss,pi-pi-pi-pi-pi-piiiiiiiii, zasssssssssss, zasssssssssss, mastíasjódeteeee, zasssssss, zassssss, quetedenabueloooooo, zasssssssssss, pi-pi-pi-prrrrrrrrrrringaaaoooo, zasssssssssssss, cómeteestamatíasssss,piiii… ¿¿¿Qué le estaban diciendo??? ¿¿¿Que se comiera qué??? La cara de “Hijo de puta” cambió a “Hijo de la grandísima puta” y, sí, se levantó de su banco. Pero no para irse.

Matías se acercó al guardia, que en ese momento estaba impidiendo que dos marujas de más de cien kilos cada una martillearan con sus piernas varizosas el paso de cebra mientras pasaba un Twingo azul celeste.

– Perdone, señor guardia, sólo una cuestión.
– Ahora no puedo atenderle abuelo, ¿no ve que estoy ocupado?

El Twingo se había calado a mitad del paso de peatones. Matías miró la cara del conductor con esa curiosidad que impulsa a alguien a saber qué cara puede tener el capullo que está contribuyendo a que su día sea una mierda putrefacta.

– Sólo es una cuestión breve, no le molestaré demasiado. Es que estaba ahí sentado en el banco y ha llegado un momento en que la curiosidad me ha podido.
– ¿Qué ocurre?
– Me estaba preguntando si usted es retrasado mental.
– ¿Perdone?
– Sí, que me estaba preguntando si usted es retrasado mental.
– ¿Está faltándole el respeto a la autoridad?
– ¡Por Dios! No, no, no, no. Ni mucho menos, no era mi intención. Yo sólo me estaba cuestionando si usted era una de esas personas que se pueden considerar deficientes mentales, vamos, retrasados, ya sabe.
– Oiga, como siga por ese camino me veré obligado a llevarle al cuartel.
– Que noooo, que no se lo digo como insulto, a mí los deficientes mentales siempre me han inspirado una gran admiración y cariño. Le quería felicitar por lo bien que está realizando su trabajo pese a su limitación cerebral.

El guardia dejó pasar a las dos gordas con sus sendos carritos de la compra con sus sendas lechugas asomando las hojas por la parte de arriba. Se intentó calmar, no quería complicar más la mañana.

– Le ruego que me deje seguir trabajando, haremos como si nada hubiera pasado.
– Perdone, tiene razón, a lo mejor me he excedido con las confianzas.
– Vale… perdonado. Váyase.
– Sólo una cosilla más.
– A ver, en la calle de más allá hay una obra, ¿por qué no se va un rato y deja de tocarme las pelotas?
– No, no, si no quiero tocarle las pelotas, sólo es una preguntilla corta. Estaba yo ahí en el banco…

El guardia resopló.

– … estaba yo allí en el banco y me ha dado por preguntarme si su madre se dedica profesionalmente al mundo de la prostitución…

El guardia respiró. Hondo.

– … porque usted tiene cara como de tener una madre dedicada a esos menesteres.

El guardia estalló.

– ¡¡¡Me está llamando hijo de puta!!!
– ¡Virgen Santa! Ni mucho menos. Pero qué barbaridad, cómo voy a llamarle a usted tal cosa. A lo que me vengo a referir es a… a ver si me explico… a si su madre es lo que se llama una prostituta, una profesional del sexo.
– Voy a llamar a un compañero para que lo espose y se lo lleve al cuartel, esto ya es demasiado.
– Oiga, oiga, que nooooo, que no se confunda, por favor. Está muy negativo usted hoy. Que no vengo con mala fe hombre. Es que le he visto ahí moderando el tráfico, tan apuesto, y me he dicho… ¡Vaya mérito tuvo la mujer! ¡Vender su cuerpo para sacar adelante a este mozo! La aplaudo, oiga, la aplaudo.

Las dos gordas volvieron a situarse en el otro extremo del paso de peatones. Querían volver a cruzar. Se habían olvidado de comprar mortadela, por lo visto. Como si fueran dos pastillas relajantes de dos metros de diámetro consiguieron apaciguar de nuevo al guardia.

– Mire, desaparezca de mi vista ya. Me tiene harto. Intento hacer mi trabajo.
– Le ruego que me disculpe, señor guardia, yo es que soy muy de hablar de tú a tú y a veces no mido, no mido.
– HE-DI-CHO-QUE-SE-VA-YA.
– Sí, sí, ya me voy. Sólo una cosa.
– ¡¡¡¡¡NO!!!!!
– Sí, sí, nada, un segundo. Es que verá, estaba yo ahí sentado…

Los latidos de corazón del guardia se podían escuchar dos calles más abajo.

– … y me preguntaba…

¡Qué ganitas de atizarle una hostia al viejo! ¡Qué ganitas!

– … si usted, por curiosidad y no se me ofenda, es una persona que sufre las infidelidades de su mujer.
– ¡Ahora cornudo! ¡No puedo más!

El guardia reanudó el tráfico, se encaró con Matías y le aproximó la mano al cuello. Pero en ese momento se detuvo. Respiró de nuevo y respondió:

– Sí, mi mujer me pone los cuernos. Todos los días. Y sí, mi madre es una prostituta y yo tengo problemas de deficiencia mental. ¿Se va a ir ya?
– Sí.
– ¿Sin más preguntitas?
– Sí, sí, sólo quería que me confirmara esos datillos.
– Vale, pues confirmado. Váyase.
– Me voy.
– ¡Váyase!

Y Matías se despidió con un “buenos días”. Se volvió a sentar en su banco. Relajado. Orgulloso. Más que orgulloso, feliz. En menos de diez minutos su amigo Agustín se sentaba en el mismo banco, a su lado.

– ¡Matías! ¡Qué contento te veo hoy! ¿Qué te ha pasado hombre?
– Nada Agustín, nada, ¿ves ese guardia de ahí?
– Sí, claro.
– ¿A que parece un cabrón subnormal hijo de puta?
– Ahora que lo dices… quizá sí.
– Pues por lo visto lo es.